Fuentes: cómo se contrastan y cuándo hay que dejar de publicar
La pregunta no es si la fuente dice la verdad, sino qué puede saber realmente y qué gana contándolo.

Dos preguntas antes que cualquier otra
Ante una fuente hay que responder dos cosas antes de valorar lo que dice. La primera es qué puede saber realmente: si estuvo presente, si lo leyó en un documento, si se lo contó alguien. La segunda es qué gana contándolo.
Ninguna de las dos descalifica a nadie. Una fuente interesada puede decir la verdad y una desinteresada puede equivocarse. Pero sin esas dos respuestas no se puede ponderar el testimonio, y sin ponderarlo no se puede decidir qué peso darle.
Grados de acceso
| Posición | Alcance real | Riesgo típico |
|---|---|---|
| Participó en el hecho | Conocimiento directo, parcial | Justifica su propia actuación |
| Vio el documento | Conocimiento acotado y comprobable | Recuerda mal el contenido exacto |
| Estaba en la organización | Contexto, no el hecho concreto | Rellena huecos con deducción |
| Se lo contaron | Referencia de segunda mano | La cadena introduce errores |
| Es experto en la materia | Marco interpretativo | No conoce el caso concreto |
| Es parte interesada | Puede aportar documentos | Selecciona lo que aporta |
Coincidir no es confirmar
Dos fuentes que dicen lo mismo confirman el hecho sólo si son independientes. Si ambas lo leyeron en el mismo informe, si trabajan en el mismo departamento o si una se lo contó a la otra, no hay dos confirmaciones: hay una repetida.
Comprobar la independencia obliga a preguntar a cada fuente cómo lo sabe. Es una pregunta incómoda y hay que hacerla siempre.
El anonimato y su precio
Proteger la identidad de una fuente traslada al medio la carga entera de la credibilidad: el lector no puede valorar quién habla, así que sólo puede confiar en quien publica. Por eso el anonimato debería reservarse para cuando la identificación acarrea un riesgo real, y explicarse al lector en esos términos.
- Diga por qué la fuente no aparece identificada, aunque sea de forma genérica.
- Sitúe su posición con la precisión que permita la protección.
- Indique si hay documentación que respalde lo que cuenta.
- No use el anonimato para opiniones: para eso no hay riesgo que proteger.
Cuándo hay que dejar de publicar
Es la decisión más difícil y la que menos se enseña. Hay indicios claros: cuando la única confirmación procede de quien tiene interés en el resultado; cuando el afectado aporta un documento que contradice el relato y no se puede rebatir; cuando la historia sólo se sostiene si se acepta una coincidencia poco probable.
Guardar un trabajo de semanas duele, pero es más barato que rectificarlo. Una redacción que no ha decidido de antemano quién toma esa decisión acaba tomándola por cansancio.
Qué conviene dejar registrado
- Quién dijo qué y en qué fecha, aunque no vaya a publicarse el nombre.
- Cómo lo sabe cada fuente, en una línea.
- Qué documentos respaldan cada afirmación y dónde están.
- Qué se pidió al afectado y qué respondió, incluido el silencio.
- Qué se decidió no publicar y por qué.
